En una sociedad, en ocasiones caótica y con un ritmo frenético, en la que cada vez más priman los likes que tengas en una foto de Instagram, donde lo intangible de las redes sociales supera la propia realidad y la felicidad parece una obligación constante. ¿Qué pasa cuando no entramos dentro de ese paradigma social que se está forjando? ¿Qué ocurre con emociones como la tristeza, la ira, la rabia, la frustración o el miedo?

Da la sensación de que la época en la que nos encontramos está forjada nada más que para aquellos que viven las llamadas “emociones positivas”. Emociones que nos suscitan algo agradable y nos movilizan a seguir haciendo cosas. La alegría, la felicidad, el humor, la satisfacción… Suena todo muy bien, ¿verdad? Pero entonces, ¿Quién puede atreverse a tener una mala semana, un mal mes o incluso, un mal año? Pues os comentamos que, las “emociones negativas”, son tan necesarias como las positivas. Os explicamos el por qué. Al igual que cuando nos duele algo a nivel físico: una gripe, una infección o un dolor de muelas…que nos avisa de que algo no va bien, las emociones negativas nos muestran algo que no está funcionando en nuestra forma de actuar en relación con algún ámbito de nuestra vida y, por lo tanto, nos dan un toque de atención para que hagamos cambios. Toda emoción es adaptativa en si misma, las emociones positivas nos alientan a seguir haciendo cosas que nos hacen sentir bien y las negativas nos aportan la capacidad de focalizar la atención en el problema que nos está dando quebraderos de cabeza.

En las últimas décadas, se le ha dado especial importancia a la Inteligencia emocional o, en los últimos años, Inteligencia social. Podemos definirla como la capacidad de gestionar nuestros estados emocionales, sin permitir que estos nos desborden, dando lugar a una mejora de la calidad de nuestro estado mental. Por tanto, la idea no se centra en esconder las emociones, o pasarlas sólo porque esté “mal visto” no encontrarse bien, si no que se enfoca en el hecho de saber identificar qué es lo que estamos sintiendo, experimentar esas emociones y buscar soluciones válidas hacia aquello que nos lo está provocando.

Por tanto, no hay que aspirar a un continuo de felicidad y alegría (algo que, por cierto, no es factible, ni real) si no a ser capaces de darnos el derecho de vivir esas emociones y comprenderlas.

Y… ¿Cómo podemos empezar a manejar nuestras emociones?

  1. Las emociones se manejan, no se controlan. Cuanto más intentamos evitar lo que sentimos, más poderosos se harán.
  2. Darnos cuenta de lo que estamos sintiendo, cuál es y qué es lo que nos la está causando.
  3. Darnos el derecho de poder vivir esas emociones normalizándolas y aprendiendo de ellas.
  4. Intentar, en la medida de lo posible, no reaccionar de manera impulsiva a lo que estamos sintiendo. Ser capaces de analizar nuestro estado y controlarlo, tomar distancia para poder elegir la mejor decisión de manera meditada.

Cambiar nuestra forma de entender lo que nos pasa y manejarnos mejor en situaciones emocionales no es sencillo. No es algo que vaya a salirnos a la primera, como todo, la práctica es un factor importantísimo.

Aún así, si no nos sentimos capaces de poder hacer frente a todo esto solos, es esencial contar con profesionales que nos ayuden en aquellos momentos que nos sobrepasan.

Tal y como decía Carl Jung: “La palabra felicidad no se entiende si no se equilibra con tristeza”.

Feliz mes de Agosto.

Laura Antón. Psicóloga integrante del equipo de Personal&Mente.